Finalistas Gaya Relatos 2020

FUEGO
Sí que se ven a lo lejos humaredas guerreras.
No puedo creérmelo. O tal vez no quiero. Pero sí, es evidente, están fumando tras la pantalla de metacrilato que separa a clientes de trabajadores.

Me levanto y rodeo la pantalla con toda la rapidez que me permiten las piernas
entumecidas por el enésimo confinamiento.
El incauto y temerario fumador no se espera mi irrupción.
Me mira con miedo, sabe que soy un rastreador, un agente del gobierno con licencia para matar, uno de tantos desahuciados que no duda en abrir fuego contra cualquiera que incumpla las medidas dictadas para prevenir la cepa 2029 del COVID.

Me llevo la mano al bolsillo interior de la chaqueta. La ceniza del cigarro tiembla imaginando la pistola, el humo se escapa chivato por la comisura de los labios del fumador.

Fuego, por favor – le digo al incauto mientras saco el paquete de Marlboro de contrabando.
DAVID DOMÍNGUEZ PARRILLA
SEVILLA

¡AL ATAQUE!
Sí que se ven a lo lejos humaredas guerreras, señor —confirma el explorador del regimiento a su superior—. Intentan intimidarnos. Deberíamos esperar a los refuerzos. Nos superan en número y no contamos con armas pesadas ni fuerzas de apoyo.
Informan al coronel de inmediato. Este valora que la situación pinta mal, pero sus triunfos en otras batallas dan alas a sus sueños de poder. Cree que una nueva victoria acrecentaría su fama y le sumaría méritos ante los demás. Desoyendo sus consejos, ordena el ataque.
—Tras una carga por sorpresa, se asustarán y huirán en desbandada como ratas —les dice a sus oficiales, aunque desconoce la estrategia empleada por los indios en otras batallas.
Un golpe seco en el pecho lo derriba del caballo. Después, cuando unos dedos aprietan con fuerza su cuello, se rinde y acepta su derrota ante el enemigo.
La próxima vez que jueguen a indios y vaqueros, elegirá el otro bando.
PILAR ALEJOS MARTÍNEZ
QUART DE POBLET-VALENCIA

DE LA NADA, NADA VIENE
‘Sí que se ven a lo lejos humaredas guerreras’ es el título del último éxito de Plagio Umpiérez. Sin embargo, al crítico del periódico, Soberbio Majadero, la novela le produce una extraña sensación de dejà vu que le hace desconfiar, por eso contrata a Chucho Ortega, investigador privado desde que hace tres meses terminó el curso de formación online.
Chucho inicia el seguimiento con precaución, acechando al sospechoso a una distancia prudente, pero a los dos días está impaciente por resolver el enigma, y ya que conoce la dirección, va a su casa y llama directamente a la puerta. —Hola. Soy investigador y me han contratado para saber si realmente ha escrito usted su última novela —le suelta a bocajarro. —¡Por supuesto que no! —responde Plagio Umpiérez—, ¿por quién me toma? ¿por un inculto? Y lo conduce hasta su biblioteca, una habitación enorme abarrotada de libros. —
Aquí los tiene, los auténticos responsables de mis novelas. Interróguelos a

todos.
ALEXANDRA SOSA GIL
SANTA Mª DE GUÍA-LAS PALMAS DE GRAN CANARIA

EL HOMBRE QUE NO DOBLÓ EL ESPINAZO
— ¡Sí que se ven a lo lejos humaredas guerreras, Sempere! — me dijo Juan Antonio, cuando llegamos a la cárcel de las Palmas, en Gran Canaria — Tras un mes de penoso viaje, los trece hombres, custodiados por la Guardia Civil, nos temíamos lo peor. Entramos en el penal del que se decía que no saldríamos vivos. Era nuestro castigo por no arrodillarnos ante el Santísimo, en la prisión de Oña. Ante aquellos sacerdotes, permanecimos de pie, rígidos. El humo nos llenó las fosas nasales, pero no como esperábamos, sino que un rico
olor invadió nuestras fosas nasales. Las llamas de la hoguera lamían un enorme puchero, en el que podría caber un hombre, y cuyo contenido, ante nuestro asombro, nos fue ofrecido: un rico cocido. Nosotros, que padecíamos de lejanía de caldero, nos abalanzamos ante tan rico manjar. ¿Quién nos iba a decir que aquel acto de desobediencia nos salvaría la vida?
— ¡Esto es un cielo! — exclamó el catedrático Gaya.


MARTA MARÍA HUERTA RODRÍGUEZ
MADRID

EL REGRESO DE LOS ARÉVACOS
─Sí que se ven a lo lejos humaredas guerreras ─anuncié a mis compañeros ajustándome la capucha de la túnica mientras señalaba el campamento romano con la mano donde llevaba el escudo.
La primera acción partió del enemigo: interceptar los víveres y debilitarnos la moral con sus carcajadas y el olor de la grasa en las hogueras. Aguardamos hasta suponerles afectados por la caelia del almuerzo. Después, en una heroica escaramuza, les quitamos los cascos empenachados y un conejo asado.
Respondieron furiosos, pero conocíamos el terreno y tuvimos mejor puntería. Se rindieron cuando capturamos a su jefe.
Mariluz de Administración incluso confraternizó con el prisionero por el pinar y ambos regresaron al anochecer, aunque justo para la foto de grupo. «Aventura en la Celtiberia» contra Pinturas Tíber fue un acierto. Repetiremos. Lamentablemente, nuestra estratega disfrutará en aquel momento de su permiso por maternidad.
Espero poder liderar entonces la contienda. Como representante sindical de Acrílicos Duero voy sobrado de entrenamiento.
CRISTINA AGUAS MARCO
ZARAGOZA

OS RETAMOS
Sí que se ven a lo lejos humaredas guerreras. No parecía nada fácil un guateque de tal magnitud en estos tiempos contrariados que vivimos. Redujeron el aforo, cuidaron los protocolos, invitaron a cientos, sin embargo. —No daba un duro de que se hiciese —balbuceé, sin alejarme demasiado del porche.
—¿Cómo lo habrán conseguido? —me sorprendió mi vecina, al tanto de la propuesta de los Méndez.
El adosado de la maestra despide una columna de humo verde. No sé cuántas personas habrá congregado, lo que es cierto es que todas son veganas, tan solo encendería su barbacoa si así fuese. Patricia Méndez y su pareja están librando una batalla contra nuestras brasas argentinas, nos están declarando su intención de seguir adelante con las robustas berenjenas, los retorcidos pimientos, los tozudos espárragos.
Avivamos el carbón. Sacamos la vaca. Nos preparamos para una guerra comunitaria sin precedentes.
ALEJANDRO PORTAZ COLLADO
VALÈNCIA

OTRAS LUCHAS
Sí que se ven a lo lejos humaredas guerreras. Es María que va quemando las dudas de camino a casa de Manuel. Anda decidida, dispuesta al ataque, con el maquillaje de batalla, colores de combate, deseosa de contienda. Hoy es el día, está claro: a él le urge verla. Seguro que la considera algo más que una amiga y también quiere traspasar esa frontera.
A cada paso que da con los tacones, tiembla la tierra. Ya lo imagina. Por fin la besará mientras le arranca la ropa para conquistarla entera. Llega soñando enredos de muslos, bocas y manos, escaramuza de cuerpos que se esconden uno en el otro como en una trinchera.
Manuel la hace pasar y enseguida confiesa —entre sollozos— lo que le sucede. María le abraza y con un suspiro acierta a decirle que no llore, que pelee, que seguro que ese tal Luis del que se ha enamorado también le quiere.


ELENA BETHENCOURT RODRÍGUEZ
LOS CRISTIANOS-TENERIFE

SOLOS ANTE EL PELIGRO
“Sí que se ven a lo lejos humaredas guerreras”, pensé al verlo llegar y me escabullí como un mapache.
Mamá, que estaba haciendo la comida, también sabía lo que se venía encima. Ya en mi guarida, mientras retumbaban los tambores de guerra, empecé a prepararme.
Cuando por fin se hizo el silencio, me deslicé hasta el campo de batalla. Todo estaba patas arriba: la vajilla destrozada, el cocido esparcido por todas partes…

Él estaba sentado en una silla, recostado sobre la mesa. Repté como una serpiente hasta llegar a su altura. Con mucho sigilo, até sus pies a la mesa. Y allí me planté. Brazos en jarras. Frente a él.
— ¡Jau, rostro pálido!
— ¿Eh? Pero… ¡Quítate eso de la cabeza!
Y de un manotazo me arrancó las plumas de Gran Jefe Sioux.
Salí corriendo en busca de los brazos de mamá y los dos, agazapados, lloramos toda la noche.
SUSANA SEGUROLA GÓMEZ
VITORIA-GASTEIZ

VERANO DEL 42
“Sí que se ven a lo lejos humaredas guerreras”. Señaló el niño temeroso a su madre. Ésta, tranquilizándolo, le dijo sonriendo que, sólo eran las humaradas de las locomotoras de la estación a la que se dirigían. Aunque, lo verdaderamente importante para el niño, era que por primera vez en su vida se montaba en tren, y eso, le colmaba de felicidad. Era cierto que aquel vagón parecía de ganado y, que dentro de él hacía mucho calor, pero, no entendía por qué la gente estaba triste; a él no le importaba, además, su madre le llenó durante el viaje de caricias, besos y bellas historias. Cuando bajaron sudando y sedientos y, les anunciaron
que irían a las duchas para refrescarse, muchos arrancaron a llorar entre gritos desgarradores… Sólo al sentir las lágrimas de su madre en la mejilla, supo el niño que, habría sido mejor no haber llegado nunca a aquella estación humeante.
JOSÉ LUÍS BRAGADO GARCÍA
VALLADOLID