Premios Gayarrelatos 2018

1 Premio .  José Miguel García Navarro (Huesca)

Nomofobia

El bedel había llegado demasiado lejos. Según él, los niños tan pequeños no deberían usar teléfono móvil. Verlos absortos cada mañana, sin hablar ni saludar al entrar en la escuela, caminando cual robots sin emociones, sin despegar la vista de las pantallas, motivaron su alocada decisión: requisar los terminales.

Estos fueron hallados metidos en un saco, en el cuarto de mantenimiento. Junto al saco, colgando del techo con una soga al cuello, el cuerpo inerte del conserje.

—Señor director —preguntó la periodista—, ¿qué opina del suceso?

—Es evidente que devolveremos a los alumnos sus teléfonos. De lo contrario, yo mismo podría ser el siguiente.

2 Premio. María Villaverde Alfonso (Madrid)

LOS SINTECHO

El bedel había llegado demasiado lejos. Como directora del centro le había repetido hasta la saciedad que aquel no era lugar para dar cobijo a vagabundos, aunque siempre hacía caso omiso. No quería parecer una desalmada pero tenía niños bajo su cuidado.
Salió al patio y, sin demasiado esfuerzo, encontró tras el muro los cartones y mantas con los que se protegían del frío. A su lado, ordenados, los platos: limpios; sin resto de comida alguno.
Comenzó a sentir cierto malestar. La zona estaba cuidada; sin atisbo de desperdicios ni suciedad. Ni siquiera existía rastro del mal olor que presumía que debía desprender el lugar.
De hecho, con un gasto irrisorio podría acondicionarse, mejorando así su habitabilidad. Incluso sería un ejemplo positivo para los críos –reflexionó. Mas cuando ya había descartado la idea por descabellada, los vio: seis pares de expectantes ojos fijos en ella.
Claudicó. Los gatos habían ganado la batalla.

Premio especial al mejor microrrelato del soci@ de la Asociación.  María Hernández García (Tardelcuende)

CONFESIONES DESDE EL CUARTO OSCURO

El bedel había llegado demasiado lejos. Encerrado en el depósito me mantenía, entre hatillos de antiguos periódicos.

No era la primera vez que nos veíamos las caras; la penúltima, en su garita, me tuvo cerca de diez horas oculto bajo su mesa hasta que llegó la hora del cierre. Las veces anteriores me había confiado al funcionario de turno con recelo; lo acababa haciendo siempre, a última hora.

Conocía bien a los que se acercaban conmigo a la puerta de entrada, intentando ser educado les despachaba con premura manifestando hacerse cargo de mí. Me llevaba a su puesto y allí metido, me hacía pasar el resto del día. Sin mediar palabra.

Días más tarde supe que su plaza salía vacante.

La verdad es que llegué a comprender a aquel hombre.

Me titulo “Manual de oposiciones a conserje de bibliotecas públicas” y recuerdo que ese año anduve pasando de mano en mano.

Finalistas

LA DECISIÓN.  SILVIA MORALES AVENDAÑO (Guadalajara)

El bedel había llegado demasiado lejos y Tristán sabía que tenía que morir. Si se hubiera quedado en su garita, durmiendo como cada noche en lugar de vigilar, las cosas serían diferentes. Pero no, algo le había alertado, tal vez el ruido de los cristales al romper la ventana del aula de química, o la puerta que daba al pasillo al chirriar. Él había ido con cuidado pero allí estaba, escondido en la sala de profesores sujetando entre sus manos el examen que no pensaba suspender. La universidad, su beca, la ira de sus padres, todo estaba en juego y las pisadas del bedel cada vez se oían más cerca. TAP, TAP, TAP, una tras otra como un grifo que gotea. Tristán sentia la sangre latiendo en su oídos.

-¿Quién anda ahí?

Silencio.

La puerta se abrió, despacio, una linterna alumbró el interior pero demasiado tarde, Tristán había tomado una decisión y no pensaba suspender.

POR UNA VIDA MEJOR. JUAN PEDRO AGÜERA ORTEGA (Cartagena)

El bedel había llegado demasiado lejos con sus reivindicaciones. Como si no bastase con haber conseguido una reducción de jornada a tan solo doce horas al día, un aumento de sueldo hasta los seiscientos dinares al mes y disfrutar de una casa cedida por la escuela, no muy grande, pero suficiente para él, su mujer y sus tres hijos. Ahora demandaba un mes libre en verano, cuando la escuela organiza las actividades de más prestigio. ¿Quién se encargaría del control de accesos al recinto, del cuidado de la piscina y del cierre del pabellón deportivo? Si no quiere el trabajo, hay cientos como él deseando su puesto. Somos la escuela privada más prestigiosa del país, educamos a la élite de nuestra sociedad y en verano organizamos el campamento internacional. Inviable, completamente inviable. Además, su viaje carece de sentido, su hijo mayor lleva meses sin dar señales de vida. Aunque consiguiera cruzar el mediterráneo, no lo encontrará.

SEÑALES. Mª NIEVES SORIA SOMOLINOS (MADRID)

 El bedel había llegado demasiado lejos en sus atenciones. La margarita en la bandeja junto a la servilleta y el vaso de agua fue un detalle que agradeció el día de su primera intervención ¡todo un gesto de bienvenida! Pero después siguieron las flores de lavanda, los jazmines, las violetas… En ocasiones primorosas hojitas de yerbabuena actuaban de posavasos, todo tan diminuto que sin duda eran imperceptibles para sus compañeros.

Y hoy, un pequeño recorte de papel con dos versos de Juan Ramón Jiménez adherido a la bandeja. ¡Tenía que hablar con él! Había sobrepasado los límites. Esto era el parlamento. Este era su lugar de trabajo y estaba harta de ponerse nerviosa cada vez que subía a la tribuna de la cámara, y el bedel, con enigmática sonrisa, le cambiaba el vaso de agua.

LECCIÓN DE RELATIVIDAD.  Mª PILAR HERRERO REBOLLÓN. (UTEBO. ZARAGOZA)

El bedel había llegado demasiado lejos, lo supimos cuando el último reloj del Instituto fue descolgado y apartado de su lugar original. Desde ese día quedamos a merced del timbre, solo el bedel decidía cuando empezaba y acababa cada sesión.

Hubo días con clases de 5 minutos, apenas una pequeña explicación del profesor y éste ya se veía obligado a recoger sus apuntes, emplazándonos para otra ocasión. En cambio otros días las horas se alargaban casi hasta el infinito, pizarras y pizarras de demostraciones matemáticas que aquel oscuro profesor iba desgranando sin prisa y sin siquiera dejarnos intuir cuándo podría terminar.

Esta mañana hemos visto al bedel  subido a una escalera desmontando la campana del timbre. Angustiados, nos hemos dirigido a nuestras clases sabiendo que nunca más volveríamos a abandonar aquellas aulas y que con el último toque del timbre también desaparecería el tiempo.

DE AMICITIA. JOSÉ MARÍA LIZÓN MARTÍNEZ (ELCHE)

El bedel había llegado demasiado lejos: concretamente a Tardelcuende. Pero esto sería empezar la historia por el final. La premura aconseja un pensamiento lineal.

Este señor es infame, siempre cotillea los apuntes que fotocopia para mis alumnos. Cuando le paso cuentos, lee algo antes de preguntar: “¿Cuántas copias?”.

Ayer, sin venir a cuento, me suelta: “Como las amistades que uno hace de niño, ninguna, ¿eh?”. ¿Cómo que no?, sí viene a cuento. Había leído mi De Amicitia, no el de Cicerón, mi cuento, mis intimidades infantiles.

El bedel se había pasado. Pero ustedes ya saben que esto no es todo. Esta mañana un compañero me comenta: “Hoy no trabaja Ángel”. Maldigo su nombre. Mi compañero continúa: “Ayer me dijo que esta noche recibe el premio Gayarrelatos, o algo así, por una narración sobre la amistad”. Recabo más información. Finjo malestar ante el director. Salgo del instituto y enfilo la autopista. La voy a liar en Tardelcuende.

INCOMPRENDIDO. JUAN MANUEL MERCHÁN MARTÍN (BENAJARAFE . MÁLAGA)

El bedel había llegado demasiado lejos. Una cosa era vigilar el almacén del Anatómico Forense y otra alimentar sus paranoias. Pero no podía evitarlo. Adoraba el azul de aquellas pupilas, tan profundo, tan transparente como las aguas de un atolón en la Polinesia. Se miraba en ellos y se relajaba, le daban paz y le transportaban a otro mundo. A veces le parecía que se iba a ahogar en ellos y se le cogía un pellizco en el pecho. A veces los sacaba del tarro de cristal lleno de formol, los sostenía un segundo en su mano y los devolvía a su estante en la cámara frigorífica.

Al final, alguien lo vio y lo denunció. Seguramente, el juez no lo entendería nunca.

EL AMIGO DE MI HIJO. LUIS ALBERTO MAJARENA GONZALVO
DAROCA (ZARAGOZA)
El bedel había llegado demasiado lejos aquella mañana del frío invierno cuando la anciana se le aproximó para preguntarle por el director de la compañía de electricidad.
– Es muy amigo de mi Heliodoro, ¿sabe? Seguro que él entiende esto. Mi
hijo nunca ha dejado de pagar.
– No se preocupe, señora, yo le haré llegar el recibo y seguro que hay
alguna explicación.
– Gracias, joven,… Por cierto, ¿sabe que se parece mucho a mi Heliodoro?
Serafín se despidió de ella. Desde que Heliodoro murió, la abuela Penélope volvía todos los días a preguntar, por una razón u otra, por el director amigo del hijo, obteniendo la misma respuesta.
Maldijo su trabajo en el mostrador de entrada, se despidió de la asistente que
acompañaba a la anciana y con ojos llorosos se enfundó el abrigo para ir a pagar el recibo mensual de luz de la casa de su fallecido hermano. Quizá llegó demasiado lejos.

 “UN BAÑO DE REALIDAD” . FRANCISCO JUAN BARATA BUNSACH
(VALENCIA)

    “El bedel había llegado demasiado lejos”

      Saturio, era el bedel en aquel pequeño colegio. Más que respetado, era temido por los alumnos. Tosco, adusto, próximo a jubilarse, llevaba allí desde siempre, contratado por meritos de guerra, aquella que enfrentó hermanos y acabó con tantas heridas abiertas. Una cojera, su “martirio” en aquella Barbarie.

Los tiempos cambiaban, profesores jóvenes, querían  construir un nuevo país para todos. Saturio, resentido con todos,  creía que ellos ganaron el pasado y ahora lo estaban perdiendo.

Aquella mañana, dando su ronda, vio en un rincón a dos niños, ni adolescentes aun, besándose, sin pasión, pero con cariño. Saturio se acercó gritándoles grosero:

─ ¡Eh!, vosotros, ¿qué hacéis? Sois una pareja de “mariconas”─. Los cogió de la oreja─, vamos al director, él sabrá qué hacer con dos “niñas” como vosotros.

Los niños lloraban confundidos. No entendían que mal habían hecho, no sabían que habían topado por vez primera con la homofobia.

SIN PALABRAS. BEATRIZ PALACIO RODRÍGUEZ (Madrid)

El bedel había llegado demasiado lejos. No tenía permiso para aquello y su negligente acto desencadenó una serie de catastróficas circunstancias. De repente, la gente enmudeció. Ninguna palabra hacía vibrar ya las cuerdas vocales. En los libros las páginas se quedaron en blanco y no había relatos que leer en la biblioteca. Los alumnos no sabían si el aula al que accedían era de historia o matemáticas y entre los pasillos se perdían al no encontrar la salida. Los bolis y los lápices comenzaron a acumular polvo y en la radio solo se podía sintonizar una música triste, tan triste como se volvieron los corazones al no poder escuchar ya un “te quiero”.
Afortunadamente, tarde, pero no demasiado, se dio cuenta de su error y frente a la pizarra, tiza en mano, comenzó a escribir una a una las letras del abecedario que había borrado.

“EL BEDEL  .  LUIS ANTONIO BEAUXIS CÓNSUL  . Motevideo (Uruguay)    

El Bedel  había llegado demasiado lejos,”

 Lo sabía perfectamente, pero se dijo que ya era muy tarde para andarse con arrepentimientos.

Estuvo a punto de llamar a la puerta, antes de ingresar en el despacho del Director, aunque ya no era necesario.

Su primera medida fue retirar de la pared principal el retrato de aquel rojo que aseguraba ser el Presidente de la República, para sustituirlo con el del antiguo Rey (aún en el exilio) que tan celosamente había custodiado en el fondo de su ropero.

Lo segundo fue encender un cigarro y servirse una copa de jerez más que generosa; dio un trago y una buena calada antes de apoltronarse sobre aquella butaca de cuero que ahora le pertenecía.

En el momento que apoyaba sus zapatos polvorientos sobre el escritorio de caoba, escuchó la cerrada descarga de fusilería y volvió a pensar que, tal vez, había llegado demasiado lejos…